28 Enero 2008 - 8:08 amLos Oficios de la Muerte

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SANTO DOMINGO La Muerte es lo desconocido. Ante ella cada cultura ha desarrollado sus propios puntos de vista. Los mexicanos, sabrá Dios por qué extraños vericuetos de las creencias católicas en alegre fusión con la de los dioses aztecas, le celebran el día a la Santa Muerte y es motivo de toda una fiesta popular, única en el mundo. Para los budistas, la Muerte es el paso de una existencia a otra y en ella viene convoyada la reencarnación.

 

 

Si Cronwell dijo en el momento antes de morir: “¡Estoy salvado!”, John Quince Adams expresó: “¡Es lo último de la tierra!” y el cardenal Beaufort, en cambio: “¡Que no haya un modo de sobornar a la muerte!”. La única que quizás haya podido engañarla… por un tiempo, fue Francisca, la protagonista del cuento “Francisca y la muerte” de Onelio Jorge Cardoso, quien a su vez tomó la idea de un cuento popular rumano. (Para leer la crónica completa, hacer click en el título del trabajo).

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20 Enero 2008 - 9:14 pmEl Jeffrey, apoteósis en Ciudad Piar

CIUDAD GUAYANA, VENEZUELA Serían pasadas las 5:30 de la madrugada del sábado 19 de enero del 2008, cuando el artista dominicano El Jeffrey bajó definitivamente de la tarima donde se realizó el grito del Carnaval del Hierro, en la minera e industrial Ciudad Piar, a unas dos horas de camino de Ciudad Guayana en Venezuela.Antes de aventurarme en hacer calificaciones, veamos qué dice el diccionario de la Real Academia de la Lengua, sobre apoteosis:

1. Ensalzamiento de una persona con grandes honores o alabanzas.

2. f. Escena espectacular con que concluyen algunas funciones teatrales, normalmente de géneros ligeros.

3. f. Manifestación de gran entusiasmo en algún momento de una celebración o acto colectivo.

4. f. En el mundo clásico, concesión de la dignidad de dioses a los héroes.

Insisto pues, su actuación fue apoteósica ante unas 17 mil personas congregadas -un animador local hablaba de 32 mil-, sin moverse, esperando el gran final del espectáculo, en una de las dos calles principales de la ciudad donde viven los obreros venezolanos del hierro, al noroeste del país. Muchos viajaron desde Ciudad Guayana, Ciudad Bolívar y otros puntos. (Para seguir leyendo haga click en el título)

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17 Enero 2008 - 11:27 pmEliseo Diego: un encantador de serpientes

Eliseo Diego

Yo era un joven de apenas veinte años cuando conocí a Eliseo Diego. Moscú deliraba con un verano de mentirillas, en noches de 8 ó 10 grados y el poeta había llegado invitado para recibir el Premio Máximo Gorki -equivalente para el desaparecido mundo del campo socialista europeo al Juan Rulfo que recibiría en México en 1993- gracias a las magnificas versiones que había realizado de la poesía de Serguei Esenin. Todavía hoy puedo recordar de memoria, frente a mi ordenador, aquellos versos que rezaban: “Ni lloro, ni quéjome, ni imploro/ como el blanco humear de los manzanos/ todo pasa envuelto en oro. /No más joven seré. Se fue el verano…”

Nadie, hasta la fecha, ha podido superar el tono logrado por Eliseo para llevar al español al más ruso de los poetas rusos de este siglo, Serguei Esenin, quien -dicho sea de paso- tuvo una tempestuosa relación matrimonial con la bailarina Isadora Duncan, gracias a la cual pudo conocer el mundo.

Si Esenin era borracho, irreverente y se liaba a puñetazos con cualquiera, Eliseo era un hombre pacífico, de hablar pausado que por aquel entonces no llevaba bastón y sí una barba ceniza debajo de unos ojos brillantes, pequeños y profundos, como un encantador de serpientes. Fumaba tabaco inglés en una pipa de cerezo y cada noche, antes de dormir, rezaba un “Padrenuestro” con fervor militante. Serguei Esenin, por su parte, fumaba papirozas, unos cigarrillos de tabaco rubio con una embocadura de cartón, que era lo que fumaban los campesinos y los obreros de la Rusia de principios de siglo. El poeta ruso, a diferencia del cubano, terminó sus días, hastiado de todo, guindándose de un tubo de desagüe, en una esquina del techo de su habitación en el Hotel Astoria de San Petersburgo. Eliseo falleció de un ataque del corazón, sin que nadie se diera cuenta, apacible como un príncipe bueno, recostado en un sofá de la casa de su hijo, el ya laureado novelista Eliseo Alberto, en México, donde pasaba una temporada. Esas cosas raras tiene la poesía. (Para seguir leyendo haga click en el título)

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